¿Qué es en realidad la Democracia?

Democracia es el poder del pueblo. No hay donde perderse al responder esta pregunta, dirán algunos, pero la verdad es que definir la democracia se vuelve complejo porque hemos profanado su concepto al presuntamente ponerla en práctica.

Democracia no es que podamos votar un domingo cada cuatro años y sentir que tenemos el poder de escoger quién nos representa, porque a fin de cuentas, nunca se nos ha representado como se nos ha prometido. Democracia no es el poder ver cualquier canal de televisión o leer cualquier periódico, cuando detrás de la pantalla y las letras muchas veces no se halla la perspectiva del periodista, sino del dueño del medio, que lo usa para intentar inducir en las masas un pensamiento homogéneo que beneficie sus intereses. Democracia no es poder “escoger” donde educarnos, cuando esa elección muchas veces no depende de que colegio nos guste más para nuestros hijos, sino cual colegio es el que podemos pagarles.  Democracia no es que el poder adquisitivo determine si tenemos vivienda o no, si comemos o no, si estudiamos o no, si tenemos para la medicina o si no. En fin, creo que he explicado mi punto, aunque indudablemente existen muchos otros desafíos que podrán ocurrírseles.
Si democracia es entonces entregarle el poder al pueblo, tenemos que asegurarnos que sea el cien por ciento del pueblo el que está en facultad de ejercer ese poder, que en este contexto es sinónimo de libertad.

 Las interrogantes que planteé tienen como objetivo servir de argumento lógico para mencionar que la democracia no es entonces un sistema que pueda implementarse de un día para el otro, no se crea de la nada. Para hablar de democracia en primer lugar se debe hablar de estar en la capacidad de crear condiciones para que el pueblo sea independiente, autónomo, libre, y dicha libertad, tal como se había mencionado, no existe sin igualdad.

Debo detenerme a explicar que yo no estoy en contra de que algunos sectores del pueblo vivan mejor que otros por fruto de su trabajo, siempre y cuando ninguno viva mal, y aún si lo estuviera, irme en contra de este sistema sería matar a mi país, que no puede tener un sistema aislado de la realidad mercantilista que vive la mayoría del mundo, no en pleno siglo XXI, donde no aceptar esta verdad tiene consecuencias catastróficas para la economía, y por ende para el progreso. Empero, sí estoy en contra de quienes creen que la riqueza permite desbalancear las reglas del juego de la vida a su favor. El dinero no define al hombre, y no se debe permitir entonces, que la sociedad en un estado, como un conjunto de hombres, esté definida por el dinero tampoco. Una cosa es dejar comerciar libremente, y otra muy distinta es dejar que el fruto económico de ese comercio ponga al rico en un pedestal que no solo amenace, sino que en efecto destruya la democracia que se intenta construir.

Algunos dirán llegados a este punto que me contradigo al decir que la democracia necesita de igualdad, pero que igualdad no es permitir que algunos sectores del pueblo vivan mejor que otros, y es entonces cuando debo explicar el por qué. Igualdad no significa que todos debemos comer lo mismo, vivir en casas del mismo tamaño y tener exactamente la misma cantidad de dinero, y menos aún, que todo esto debe controlarse por el gobierno, no, eso es opresión. Pero la igualdad puede construirse a partir de la meritocracia. La igualdad no es entonces que los caminos de todo individuo de un pueblo sean iguales, pero sí que todo individuo comience en la misma línea de partida, y que desde ahí dependa de cada uno cuántas líneas de meta quiera conquistar. La construcción de la igualdad tiene como pilar fundamental la paridad de oportunidades, de manera que las diferencias, que son sanas, vale recalcar, se construyan en base al esfuerzo. Suena muy obvio, pero en la actualidad, en nuestro país, muchos nacen con muchas líneas de meta ya  cruzadas, con la medalla ganada, con la vida resuelta, mientras otros nacen relegados, no tienen los zapatos para correr y ni el dinero para inscribirse en la carrera.

Todos estos ejemplos e ideas que expongo se desarrollan así para explicar que la democracia no es en la actualidad un verdadero sistema, sino una idealización, naturalmente utópica pues pide para existir un pueblo en su totalidad justo, en su totalidad equitativo, y por ende en su totalidad soberano, autónomo, ¡libre! La democracia es un reto que creo, con dolor, no llegaremos a superar en nuestros tiempos, o tal vez en ninguna época, pues existe parte de verdad en las palabras de Maquiavelo que piensa que el hombre es malvado por naturaleza, pero entonces, debemos desde ya procurar esa sociedad que lo impulse a ser bueno.

Lo que yo planteo entonces como la base para comenzar dicho arduo proceso de construcción de democracia, de creación de las condiciones para su existencia, es una meritocracia absoluta, donde tenga más el que más se esfuerce, donde viva mejor el que más trabaje, donde la carrera de la vida se recorra en caminos iguales con puntos idénticos de partida, y que estas condiciones se apliquen a la educación, al trabajo, a la riqueza. Tendrá mejor estudio el que estudie más, mejor trabajo, el que trabaje más, y así, una remuneración más grande.

Democracia es entonces darle el poder al pueblo, siempre y cuando se entienda que  el poder debe ser perfectamente repartido a cada individuo de dicho pueblo, y que el poder es un sinónimo de libertad, que la libertad debe construirse a partir de la igualdad, y la igualdad, a partir de la meritocracia, a razón de que así las diferencias sean un reconocimiento al trabajo, y no un producto de la injusticia.

Andrés Coronel, 16 de Mayo de 2017.

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